Como los insectos roban el azúcar y los chacales devoran la miel, como los ladrones de arte merodean los museos o los mercenarios saquean los templos, así te tengo yo, porque tú eres mía, del mismo modo que los judíos se quedaron con la tierra prometida.
Digo que eres mía, igual que los aztecas sacrificando a sus enemigos para saciar el apetito de los dioses. Digo que eres mía, igual que hizo Zeus poseyendo a Leda mediante su forma de cisne. Digo que eres mía, igual que los colonos ingleses se quedaron con el salvaje oeste, acribillando a los indios y sus familias.
Que nunca se te olvide, tú eres mía...
Porque si vengo de las sombras, con alas de plata, entre luces y ángeles, brotando de la tierra, con fuego o entre nieblas, no tiene la menor importancia. Lo único que importa es que tú eres mía. Mía como lo es la lava en la montaña, la perla en la ostra, la uña en los dedos, la semilla en la manzana, la sangre en las entrañas. “Eres mía”, he dicho, y eso es lo único que importa. No espero que me contradigas ni tampoco que lo confirmes, eres mía -de hecho- antes de que yo lo diga. Eras mía hace tiempo, aunque ninguno de los dos lo sabía. Podríamos incluso nunca habernos conocido y aún así tú seguirías siendo mía, porque ya eras mía cuando habías nacido. En la leche de tu padre empezabas a ser mía y en el vientre de tu madre ibas creciendo poco a poco hasta convertirte en esa mujer que sería mía.
Tú eres mía, lo quieras o no. Para bien o para mal tú eres mía y eso no se puede cambiar, porque siempre has sido mía...
Eres mía porque tu cuerpo desnudo se presenta como un rompecabezas al que le falta una pieza. Yo me arrimo y me pongo a observar de cerca cada parte, cada unión, cada forma cóncava y convexa, para corroborar que está en mí la pieza que te falta.
Eres mía porque tus pensamientos son como el mapa roto en el que unos bucaneros escondieron la ubicación del tesoro. Tenías ideas, preguntas y esas cosas en la cabeza que no podías entender, porque te faltaba la parte del mapa que yo tenía.
Eres mía porque tus fantasías te llevan a lugares oscuros y antros prohibidos donde te encuentras con los más bajos ejemplares de nuestra especie realizando los actos más bestiales. Actos que te llenan de culpa y lujuria, sin saber que yo también deambulo por esos lugares húmedos buscando alguna perversión que no haya probado.
En los laberintos de los cuerpos solíamos perdernos probando placeres cada vez más intensos, para poder sentir lo que estábamos buscando. Estaba la fuerza, la pasión, el frenesí, la concupiscencia, pero algo nos faltaba. No había alma en ese fuego, no había ángel en esa agua y no había más que cuerpos sobre cuerpos.
Cuando la noche se cierne sobre nosotros, la oscuridad es tal que lo único que vemos es el brillo de nuestros ojos, ninguno de los dos sabe quien es la presa, pero no nos detenemos mucho tiempo a pensarlo: nos lanzamos a la casería. Sin palabras, sin pensamientos, nuestros cuerpos se mueven con más soltura, reaccionando a los estímulos que el otro provoca, agitándose con la energía que crean y alimentándose con la combustión que se genera. Tu piel se brota a cada roce, hay manchas de fuego por donde paso la lengua o aprieto los dedos y mis músculos se ponen morados con la tensión que irriga la sangre. Ya no somos blancos, ya no somos personas, ya no somos siquiera dos animales desnudos, somos energía desencadenada que se fusiona con la violencia con la que las partículas se desgarran...
El placer, como todas las cosas buenas, se hace a puro sudor y sangre. Hay golpes, hay fricciones, hay chillidos que le dan forma al sustantivo con la intensidad que el verbo entraña. Todo se va construyendo laboriosamente, como los caballos que van atándose uno a uno al carruaje. Al principio tengo que sostener con fuerzas las riendas que tus potros tiran con desmedida impaciencia. Todo se hace a base de esfuerzo y temple, respiro profundamente y contraigo el abdomen para mantenerme firme cuando empujan tus animales. Luego te agarro del cuello y empiezo mis embistes para que sepas quien es la hembra y quien es el hombre... un sustantivo que contigo cuesta mucho ganarse.
Como si estuviera cazando un gran tiburón blanco, la clave es cansarte. Tengo que llevarte de una punta a la otra, tironearte, hacer que des vueltas y golpearte una y otra vez, sin parar, sin piedad. No es posible tener ternura con un animal salvaje, primero hay que domarlo para ganarse el derecho a las caricias. Hay que tener la fuerza que tienen los locos en un ataque de demencia y la convicción de un presidiario cuando escapa de la cárcel. Hay que desearlo mucho, no basta con poner todo el cuerpo, hay que entregarse por completo, con alma, corazón y fervor.
Las cosas más perversas se hacen en nombre de la pasión y sobre todo cuando es más que pasión lo que está en juego. Como nacido bajo una conjunción extraña, debo tener una luna negra que alumbra mi imaginación para crear las figuras más lascivas, las obscenidades más brutales. Serpientes brotan desde el final de nuestra espalda y se enroscan en siete nudos para terminar buscándose en nuestras bocas.
Somos tan hermosos y poéticos que no podemos ser pornográficos. Nuestros cuerpos están llenos de perversión, pero aún así somos pura poesía.
De alguna manera el universo ha complotado para que todas las búsquedas del pasado hayan sido infructuosas, para que todos los errores que tuvimos hayan sido aprendizajes, para que todos nuestros pecados se conviertan ahora en virtudes. Algo me hace pensar que esto no nos sucede exclusivamente a nosotros, sino que aquel que haya sido nuestro creador ha hecho todo de a pares. Para cada animal hay un animal, porque siempre hay dos de cada especie e incluso la peor de las bestias encuentra en el mundo otra bestia con quien completarse.
Tú eres mía, lo quieras o no. Para bien o para mal tú eres mía y eso no se puede cambiar, porque siempre has sido mía, porque estaba en nuestro destino que tú fueras mía y que yo sea tuyo. Tuyo siempre.
Rodrigo Conde






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