Termina este año, uno de los más duros que he tenido, dentro de los varios años duros que me tocaron vivir. Nunca olvidaré este año, porque he tenido que aprender muchas lecciones, y he aprendido de la mejor forma: a los golpes. Así es como he dado varios pasos hacia adelante en mi lucha espiritual, en la constante búsqueda de claridad.
En mi tenaz insistencia por encontrar en la vida de los hombres comunes algo extraordinario, veo en mis propias circunstancias muchas metáforas de la existencia. Entre las lecciones que este año me ha enseñado puedo resumir tres, que me gustaría compartir, en mi afán por hacer filosofía de las pequeñas enseñanzas que nos da el destino:
Hay que olvidar el pasado y dejar de pensar en el futuro, vivamos intensamente el presente, que es lo único real que tenemos.
No existe el azar, todo es causalidad. Todo lo que hacemos generará alguna consecuencia, tarde o temprano. Ser el culpable de lo que nos pasó significa que el futuro sólo depende de nosotros.
Nuestro interior está lleno de energías, tanto creativas como destructivas, que pujan por el gobierno de nuestra alma. Pero, más allá de todos nuestros defectos, el impulso de amor siempre es más fuerte que el miedo o el dolor.
Estas son las reflexiones que he podido extraer del caos constante de mis poesías y mis ensayos. Ojala pueda servirles de algo en los momentos en que la angustia apremie y la mente no encuentre respuestas.
Por mi parte, seguiré porfiando con la literatura, porque ése es el propósito de mi existencia. Espero que, si el destino lo quiere, ustedes encuentren en mis palabras algunos vestigios de belleza o verdad. Y también espero que puedan encontrar en mí, más allá de mis defectos, el corazón de un hombre que lucha incansablemente por transformar en luz la oscuridad...
Rodrigo Conde






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